Los astilleros Harland and Wolff, radicados en Belfast desde su fundación —la empresa cumple 151 años de vida en 2012—, fueron los encargados de construir íntegramente ese titán de las olas que se iba a convertir en el barco más lujoso de mundo: el Titanic. Los astilleros de Harland and Wolff también eran entonces los mayores del mundo y se encontraban en la desembocadura del río Lagan, una ría idónea para las empresas dedicadas a la ingeniería naval. Belfast era por entonces, y lo sigue siendo, una ciudad muy desarrollada e industrializada. Y, aunque era a principios del siglo XX una ciudad muy industrializada para la época, estaba escasamente acondicionada al turismo, a diferencia de lo que sucede hoy. La mejor manera de obtener un itinerario turístico óptimo (Belfast es la segunda mayor ciudad de Irlanda, por detrás de Dublín) es acudir a la Oficina de Turismo de Belfast, que se llama Belfast Welcome Centre, ubicada en el 47 de Donegall Place, muy cerca del monumental ayuntamiento.
Una de las formas de aproximarse a la ciudad es a través de su historia. Parece que el entorno geográfico sobre el que se asienta Belfast ha sido propicio para el ser humano desde tiempos bien remotos. Se han encontrado restos de una antigua fortaleza de la Edad de Bronce en el yacimiento arqueológico de Giant’s Ring —el Anillo de Gigante— que demuestran el interés estratégico del lugar. El asentamiento pasaría por los oscuros tiempos en la Alta Edad Media sin sellar episodios relevantes, pero comienza a aparecer en los anales cuando Irlanda comienza a estar sometida a la influencia y el poder ingleses, hacia el siglo XIV. En el siglo XVII Belfast gana importancia y se funda de nuevo gracias a la intensa colonización de ingleses y escoceses de raíz protestante, lo que abrirá una honda brecha entre protestantes y católicos que tendrá sus más enconadas demostraciones de violencia en el siglo XX. Aunque se ha avanzado bastante hacia la reconciliación, las heridas aún siguen abiertas. Por eso es recomendable evitar hablar sobre temas religiosos y políticos.
Ayuntamiento de Belfast. Foto de Wknight94, Wikimedia Commons.
Estatua conmemorativa del Titanic. Foto de Lyn Gateley (Flickr), W. Commons.
Uno de los murales de los protestantes. Foto de Lasse1974, W. Commons.
Uno de los murales de los católicos. Foto de Miossec, W. Commons.
Los murales de Belfast una de las cosas que el viajero puede perderse. Se trata de pinturas realizadas sobre las parades de las casas, en su mayor parte de contenido satírico o propagandístico, que reflejan el conflicto entre la población católica y la protestante y sirven para que el viajero entienda lo hondo que ha marcado a los ciudadanos de Belfast el enfrentamiento religioso-político. La mayoría de murales de los católicos se concentran en torno a Divis Street, mientras que los protestantes abundan en torno a Shanskill Street. Una de las opciones para conocer estos barrios, así como la medida del conflicto, es montar en el black taxi tour, que recorre dichos barrios —están separados, por cierto, por un muro de ocho metros de altura.
El curso del río Lagan... Foto de Ardfern, Wikimedia Commons.
Pero al margen de conflictos e historia, Belfast tiene bastantes puntos que la convierten en una opción turística decente. Tres lugares monumentales de gran valor histórico y artístico son el Ulster Bank, la Queens University y la biblioteca Linenhall, estos últimos de estilo victoriano. Por otro lado, también resulta muy interesante conocer la iglesia anglicana de Saint Anne, del siglo XVII, y el ayuntamiento de Belfast: es un precioso edificio con una cúpula de más de 50 metros junto al cual hay una estatua conmemorativa del Titanic. Pero el Titanic no sólo está presente en la vida de los habitantes de Belfast aquí, junto al ayuntamiento: recientemente, el 31 de marzo de 2012 abrió sus puertas el museo Titanic Belfast, que recoge la historia del RMS Titanic, de sus tripulantes y viajeros y de cómo era la ciudad en el momento en que se construyó. Hay otro museo interesante en la ciudad, el Ulster Museum, ubicado en el interior del jardín botánico, y en el que se pueden aprender cosas del conflicto católico–protestante, del Arte en general y de la historia de la humanidad.
El castillo de Belfast es del siglo XVII. Foto de Stubacca, W. Commons.
La Queen's University de Belfast. Foto de Tomasz Kobiela, W. Commons.
Todo aquel que visita Belfast no se puede olvidar de dar una vuelta en la Gran Rueda de Belfast —Belfast Big Wheel—, una enorme noria desde la que se puede disfrutar de las mejores vistas de la ciudad. En cuanto a las posibilidades de ocio que ofrece la ciudad, podemos hablar del Victoria Shopping Centre, el mayor centro comercial de Belfast, en un impresionante edificio moderno, o de la zona de marcha de University Street, en pleno distrito universitario, donde abundan los bares, pubs y restaurantes. Belfast disfruta de una interesante vida nocturna.
La recién instalada gran Rueda de Belfast. Foto de Ardfern, W. Commons.
La catedral anglicana de Saint Anne's. Foto de Textman, W. Commons.
El RMS Titanic fue botado en la ría de Lagan a las 12:13 del 31 de mayo de 1911.
* La naviera White Star Line, de origen británico, sobrevivió a la tragedia del Titanic durante dos decenios hasta que se fusionó con su rival Cunard Line en 1934. Quince años después, Cunard adquiriría todas todas las acciones de White Star y la convertiría en su filial hasta la adquisición de esta en 2005 por parte del mayor operador mundial de cruceros: Carnival Corporation.
El año de 2012 es centenario de muchos sucesos importantes que han tenido lugar en la historia. Tras hacer un rápido ejercicio memorístico, podemos resaltar varios importantes sucesos que cumplen su centenario este año… Y sucesos de gran relevancia para la historia mundial:
El 28 de octubre del año 312, el emperador romano Constantino el Grande triunfa sobre su rival, el también emperador Majencio, en la batalla del puente Milvio. Se cuenta que Constantino vio en el cielo una cruz y oyó una voz que le decía «in hoc signo vinces» —«bajo este signo vencerás». Las crónicas atribuyen a esta experiencia su conversión al cristianismo.
El 16 de julio de 1212 las tropas cristianas peninsulares y mesnadas de cruzados europeos derrotan decisivamente a los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa, en Jaén. La presencia musulmana en la Península Ibérica inicia su cuenta atrás definitiva.
El 19 de marzo de 1812, una España que lucha infatigablemente contra los ejércitos franceses ocupantes proclama en Cádiz la primera constitución española y la más liberal conocida hasta ese momento: la llamada Constitución de Cádiz o «La Pepa».
El 15 de septiembre de 1812 arde Moscú ante la presencia del ejército de Napoleón Bonaparte. Ni la más extrema vehemencia del emperador consigue que su ejército logre sofocar las llamas, que carcomen la capital espiritual de Rusia durante varios días. Moscú se convierte en un saco roto para los planes del genial estadista y militar corso y se verá obligado a volver sus pasos.
El 15 de abril de 1912, el transatlántico de clase Olympic RMS Titanic, fabricado por la White Star Line*, concluye su primera singladura en el fondo del Atlántico norte tras reventar el casco de proa por el impacto de un gran iceberg. 1.517 personas se dejan la vida en las frías aguas.
Muchos eventos merecen recordarse para que no caigan en el olvido, pero uno de ellos es especialmente propicio para los contenidos de 2.0 Viajes: el hundimiento del Titanic. En atención a nuestra tradicional temática de viajes y turismo, hoy damos por inaugurada una nueva serie de artículos, «Réplica del viaje del Titanic», relacionados con la singladura que realizó el mayor y más lujoso barco de su época.
En una serie de cinco posts hablaremos de las diferentes ciudades por las que pasó este titán de los océanos antes de naufragar hace justamente 100 años. En el próximo post hablaremos de Belfast (Irlanda del Norte), donde se construyó y botó el Titanic, y en los siguientes, de Southampton (Inglaterra), Cherburgo (en Francia), Cork (en Irlanda) y Nueva York (en Estados Unidos).
Os dejamos con un vídeo de fotografías del Titanic tomadas en aquella época.
Todos los reportajes de «Réplica del viaje del Titanic»:
¿Quién no ha sentido alguna vez, ante un paraje natural insólito y desbordante, la sensación de presenciar lo sobrenatural en su más puro estado? ¿Quién no ha tenido deseos de volver al mágico lugar que le despierta ese adictivo sentimiento? 2.0 Viajes quiere recoger hoy los cincolugares sagradosnaturalesmás increíbles del mundo por los que viajero notará en seguida una atracción comparable a la de un imán del tamaño de Júpiter.
Los cinco lugares sagrados —uno por continente— que se recogen a continuación acaparan cientos de miles de visitas al año. Pese a la intensa afluencia de personas, resulta irreprimible sentir ante ellos que fuerzas inmateriales nos envuelven como una anaconda y nos estrujan a cada inspiración mientras dejamos de sentir las extremidades en una suerte de proceso de abducción indescriptible y escueta. Un instante de meditación para el presente y una eternidad de éxtasis en la memoria. Y adictiva:
Los farallones de Bandiagara, en Malí, África:
Timm Guenther. Wikimedia Commons. Clic para ampliar.
Ubicados en la región conocida como país Dogón, los farallones de Bandiagara se extienden a lo largo de 200 kilómetros. Son producto de una antigua fractura geológica que separa en Malí las planicies del gran río Níger y la sabana subsahariana. Indizados en la lista del Patrimonio de la Humanidad de Malí en 1989, los farallones de Bandigara eran empleados por el pueblo dogón como lugar de residencia: sus casas de adobe y heces de vaca, aún muchas de ellas en buen estado, colgaban de la pared vertical con el fin de eludir la amenaza de grupos de jinetes dedicados a la esclavización, así como otros peligros causados por sus belicosos vecinos —el color de las viviendas se camufla a la perfección en este entorno. Parece que los dogón se instalaron en estos farallones hacia el siglo XV, con la expansión del Imperio de Malí. Ya citamos los farallones de Bandiagara recientemente como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en este país, adonde el Ministerio de Asuntos Exteriores español acaba de recomendar no viajar.
Los montes de Machu Picchu y Huayna Picchu, en Perú, América:
Foto de Martin St-Amant, Wikimedia Commons. Clic para ampliar.
En 1983, la Unesco aprobaba la inclusión del santuario histórico de Macchu Picchu en la lista del Patrimonio de la Humanidad de Perú, reconocimiento que le llegaba en atención a su valor histórico, cultural y ecológico. Pero, ¿en qué consiste este santuario tan conocido por todos? Básicamente nos referimos a la antigua ciudad inca de Machu Picchu, un antiguo complejo religioso y áulico del Inca que pudo servirle como residencia para periodos de descanso, y que se encuentra a unos 2.400 metros de altura sobre el nivel del mar. La superficie de la ciudad tiene 530 metros de largo por 200 de ancho. Consta de 172 recintos con funciones muy específicas. Al igual que sucede a los viajeros de todo el mundo en la actualidad, el emplazamiento de Machu Picchu pareció impresionar vivamente a Pachacútec, primer emperador inca y ordenante de su construcción, por la espectacularidad del lugar en el contexto de la geografía sagrada cusqueña. Frente a la cima de Machu Picchu se encuentra otro monte sagrado que también contiene ruinas incaicas: el monte Huayna Picchu, que suele ser el escenario de fondo de las fotografías de la gran ciudad inca. Fue suficiente motivo para mandar construir, en torno a 1450, una urbe de edificaciones de gran lujo, tanto civiles como religiosas. Desde su redescubrimiento en 1902 por Agustín Lizárraga, Machu Picchu se ha convertido en una de las áreas más visitadas del mundo, hasta el punto de haber sido declarada como nueva maravilla del mundo en el año 2007.
El monte Koya, en Japón, Asia:
Foto de Reggaeman, Wikimedia Commons. Clic para ampliar.
El valle de Koya, o Kōyasan, está encastillado entre los ocho picos montañosos que se conocen genéricamente con el nombre de monte Koya. Este mágico valle japonés se convirtió en el siglo IX en el centro espiritual y religioso de una rama del budismo japonés que se conoce con el nombre de «shingon». La palabra «Kōyasan», que da nombre en japonés a este mágico enclave —mágico porque se creía totalmente tapizado de flores de loto en la antigüedad— parece proceder directamente de la voz «Kongobuji», nombre del templo más importante de este complejo religioso construido por el poderoso daimyō Toyotomi Hideyoshi y que viene a significar algo así como «templo de la Montaña del Diamante». El monte Koya y los 120 templos que lo jaspean de coloridas y virtuosas formas, está incluido desde 2004 en la denominación del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco de Japón «Sitios sagrados y rutas de peregrinación de los montes Kii».
La gran roca de Uluru, en Australia, Oceanía:
Foto de John Proctor, Wikimedia Commons. Clic para ampliar.
Nueve kilómetros de contorno y 348 metros de altura circunscriben uno de los mayores monolitos del mundo: la gran roca de Uluru, también conocido como Ayers Rock. Esta inmensa roca cambia de tonalidad en función de la intensidad e inclinación de los rayos del sol. Patrimonio de la Humanidad de Australia. Esta enorme roca de arenisca, plantada en medio ningún sitio de la inmensa Australia, es un lugar sagrado para los aborígenes australianos. La tribu de los Aṉangu, que pobló durante siglos estas tierras, piensa que se trata de un paraje en el que habitan los demiurgos primigenios que moldearon el paisaje del mundo tal y como lo conocemos hoy en día; así lo cuentan en sus cosmogonías, aunque con más circunloquios y poética que nosotros. Gracias al hallazgo de petroglifos grabados en las laderas este y oeste de la gran roca se ha podido datar la presencia de humanos en las regiones circundantes al Uluru desde al menos el 8.000 a.C.. Uluru es, junto con Kata Tjuṯa, una de las mayores atracciones del Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta y Patrimonio de la Humanidad de Australia desde 1987.
El monte Olimpo, en Grecia, Europa:
Foto de stg_gr1, Wikimedia Commons. Clic para ampliar.
Antigua morada de los dioses que componían el panteón griego, aunque no la única, el monte Olimpo es uno de esos lugares del que todo el mundo ha oído hablar alguna vez. Explican los mitos griegos que esta cumbre de Tesalia era el hogar de divinidades como Zeus, Hera o Ares, y que tenía algunas casas de cristal en las que vivían. Quizá alimentase la imaginación y la superstición de los griegos el hecho de que su pico más alto tiene la nada despreciable altura de 2.917 metros sobre el nivel del mar y que se trata de una montaña especialmente escarpada y con difícil acceso a la cima. Al tratarse de la mayor altura de Grecia es fácil suponer que los antiguos griegos la consideraran como parte de la esfera celeste, un punto de intersección con lo mundano. En la actualidad, el monte Olimpo forma parte del patrimonio natural de la Unión Europea y se le considera reserva de la biosfera.
En fin, cinco lugares increíbles que despiertan la misma atención entre las masas que las estrellas del rock, del cine o del fútbol… aunque sagradas, y sobre todo, muchísimo más naturales.
Frente a las costas de Granada y Almería, en la ribera mediterránea del norte de África, va levantándose tras la rueda del horizonte marino la Ciudad Autónoma de Melilla. Similar a Ceuta en su concepción urbana y social, Melilla exhibe a los cuatro vientos el éxito de su multiculturalidad, materializado en la presencia de moros (41%), cristianos (56%), hindúes y hebreos (2%). La expresión de esta convivencia en los modos de vida melillenses resulta patente en todas y cada una de las aristas culturales de la ciudad, como la gastronomía, las tradiciones, las costumbres y hasta los festivos —por ejemplo la Fiesta del Sacrificio o Fiesta del Cordero (Aid El Kebir), cuando los musulmanes recuerdan la prueba de obediencia a Dios de Abraham para sacrificar a su hijo Ismael, es festivo en Melilla. También la arquitectura y el patrimonio histórico-artístico de Melilla traslucen la multiculturalidad de los engranajes que mueven esta hermosa ciudad mediterránea fundada por mercaderes fenicios en el VII a.C. Por supuesto, los distintos ambientes que concurren en la ciudad evidencian la realidad social de Melilla, enhebrando extremos, como el zoco islámico con las turistas noreuropeas que hacen topless, acomodadas apaciblemente al calor de las finas playas melillenses. Contrastes diluidos en el elixir abierto de una ciudad que, sin embargo, no debe engañarnos sobre la difícil historia de Melilla, mellada varias veces por las bruscas dentelladas de los desflecados reinos islámicos del Magreb nacidos sucesivamente y dinásticamente independientes entre sí.
Melilla la Vieja, barrio Medina Sidonia. Foto de TonioMora (flickr), W. Commons.
Fachada del ayuntamiento de Melilla. Foto de TonioMora (Flickr), Wikimedia Commons.
Un poco de historia…
En el año 42, los romanos incorporaron la población de Rusadir —antiguo topónimo de Melilla— a la provincia de Mauritania Tinginata que desarrollaría un discreto destino —vándalos y bizantinos mediante— hasta que el califa de Córdoba, Abderramán III, retoma y repuebla el enclave anexionándolo al califato en el año 927. Cinco siglos más tarde, portugueses y castellanos prosiguen el impulso de la Reconquista en plazas del norte de África que habían estado adscritas a los califatos y taifas peninsulares; en 1497 Pedro de Estopiñán dirige una expedición costeada por el duque de Medina Sidona y toma la plaza de Melilla.
En diciembre de 1774, Mohammed III Alaouí, sultán del joven reino de Marruecos, pone sitio a la ciudad con el apoyo británico a lo largo de 100 días en los que 12.000 proyectiles de artillería martillean las defensas. Cuando la noticia de que la Armada Española ha capturado el convoy británico que se dirigía a Melilla para reforzar el asedio marroquí, el sultán comprende que sus probabilidades de victoria son inexistentes. Levanta el cerco el 19 de marzo, fecha que se conmemora anualmente con la advocación de Nuestra Señora de las Victorias.
Pedro de Estopiñán sometió la difícil posición defensiva de Melilla y amplió el horizonte de la Reconquista al continente africano. Foto de Miguel González Novo, W. Commons.
El territorio autónomo amplía por última vez su territorio con el Tratado de Wad-Ras (1860) vuelve a sufrir situaciones de tensión con las cabilas rifeñas en las diferentes guerras de Marruecos que tuvieron a finales del siglo XIX y primer cuarto del XX.
Melilla la Vieja, Conjunto Histórico–Artístico
El urbanismo de Melilla retoña de sus avatares históricos. Los fenicios, los romanos, los vándalos, los bizantinos y los árabes dejaron huellas de su transitoria presencia, aunque el inmenso patrimonio que se arremolina en Melilla la Vieja es fundamentalmente de factura hispánica y ostenta el preciado título de Conjunto Histórico–Artístico. Sin embargo, en España no suele tenerse una consciencia clara de la belleza y el valor de esta ciudad española africana —con Ceuta ocurre más o menos lo mismo. Melilla la Vieja se compone cuatro recintos amurallados, tres de ellos dentro del mar y el cuarto en tierra firme. Una buena parte del patrimonio histórico–artístico de Melilla es de carácter militar, aunque su valor resulta incalculable:
El primero de los recintos fue construido en el momento de la toma de la ciudad por Pedro de Estopiñán, en la transición de la Edad Media al Renacimiento; quedan edificios de elevado interés como la Puerta y Capilla de Santiago, el Hospital del Rey (siglo XVIII) y la iglesia de la Concepción. Su área abarca el islote que antiguamente estaba separado del continente por una lengua de mar y que posteriormente se suprimió para atender a las demandas de una población creciente.
El segundo de los recintos, que también se conoce con el nombre de Plaza de Armas, conserva los baluartes de San José y San Pedro y las ruinas de la ermita de la Victoria.
El tercer recinto, alzado sobre las murallas de la antigua medina, acoge las torres de Alafia y de Cinco Palabras —de estilo medieval, la única—, el túnel de San Fernando, que da al foso excavado en el siglo XVIII y el cuartel de San Fernando.
Por último, el cuarto recinto, íntegramente edificado durante el siglo XVIII, encierra el fuerte del Rosario y el fuerte de las Victorias, que junto con la Plaza de las Culturas, conforman el casco dieciochesco de Melilla. Otros lugares de interés dentro de Melilla la Vieja son el yacimiento púnico-romano, los museos Municipal y del Ejército y la iglesia de la Purísima Concepción (siglo XVII y XVIII).
Faro de Melilla la Vieja. Foto de Monarchy, Wikimedia Commons.
«Collage» de clasicismo, modernismo y «Art Déco»
La ciudad del siglo XIX es la depositaria del mayor esplendor y pujanza económica de la ciudad. Será a partir de la segunda mitad cuando se emprenderá la construcción de los fuertes exteriores, como el fuerte de Rostrogordo, el de Cabrerizas Altas, el de Camellos o el fuerte de San Francisco; así como las cuevas del Conventico, donde se depositaron las imágenes de la iglesia de la Purísima Concepción para protegerlas durante el asedio de 1774–75.
También se trata de una de las ciudades con mayor arquitectura modernista en España, con unos 500 edificios —en España sólo Barcelona tiene más—, y conforma una zona modernista protegida también como Bien de Interés Cultural con un buen número de obras de arquitectos de primer nivel, como Enrique Nieto y Nieto, Emilio Alzugaray Goicoechea y Tomás Moreno Lázaro. Edificios modernistas como el edificio de la Reconquista, y las casas Tortosa y de Melul. En los años 30 del siglo XX, otros arquitectos como Francisco Hernanz Martínez o Lorenzo Ros Costa materializan importantes ejemplos del Art Déco (tanto «zigzagueante» como «aerodinámico»). La corriente historicista y la arquitectura esgrafiada también encontraron en Melilla un caldo de cultivo generoso. Otros edificios de interés turístico es la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, la sinagoga de Yamín Benarroch y el edificio del Palacio de la Asamblea.
El modernismo aparece por todos lados. Foto de Melillense, Wikimedia Commons.
Calle moderna de Melilla. Foto de Miguel González Novo, W. Commons.
Cabo de Tres Forcas. Foto de Flan, Wikimedia Commons.
Playa melillense: fina arena. Foto de M.ni, Wikimedia Commons.
Al igual que Ceuta, la Ciudad Autónoma de Melilla ha intentado en diversas ocasiones postular su conjunto de bienes materiales, inmateriales y naturales como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Hasta el momento, sin éxito. Entre los bienes materiales, las autoridades melillenses incluyen el abundante patrimonio de Melilla la Vieja, los fuertes exteriores del siglo XIX, y el urbanismo y la arquitectura modernistas. Como bienes inmateriales, Melilla alude al modelo social de convivencia pacífica intercultural, y como bienes naturales, hace alusión al excelentemente protegido entorno de las Islas Chafarinas.
Y es que las azules aguas de Melilla, sus dos kilómetros de playas de fina arena, los preciosos fondos marinos que van de Melilla al cabo de Tres Forcas demuestran los recursos naturales de una ciudad tan inimaginable por los españoles como las facciones de un bello rostro cubierto por un velo negro. El lector podrá encontrar más información sobre Melilla en http://www.melillaturismo.com/.
A aproximadamente una hora de viaje hacia el sur de Agadir, en Marruecos, encontramos el Parque Nacional de Souss-Massa. Es uno de los últimos refugios verdes antes de alcanzar el desierto marroquí y se ha convertido en una importante reserva natural en la que resisten especies en peligro de extinción —aunque poco nos diga el nombre al común de los mortales, el ave ibis eremita encuentra en Souss-Massa el reducto de su supervivencia.
Este parque nacional de Marruecos toma prestado el nombre de los ríos Souss y Massa, que parten sus casi 40.000 hectáreas de superficie en tres lenguas de tierra que bajan en forma triangular desde las estribaciones del Atlas y el Antiatlas. La región en la que se encuentra este parque es la de Sus-Masa-Draa, con capital en la famosa ciudad de Agadir, que fundaron los portugueses en el año 1500. Con frecuencia los turistas y viajeros que visitan Agadir realizan una excursión de un día al Parque Nacional de Souss-Massa.
La verde vega del Massa. Foto de JP.Neri, Wikimedia Commons.
Laguna de Oued Massa. Foto de Jimfbleak, Wikimedia Commons.
Si algo distingue a este entorno natural de otros parques marroquíes es la gran variedad de aves —el parque está amparado por el convenio de Ramsar— que se pueden encontrar en él: ya hemos mencionado que se trata del último refugio del ibis eremita, aunque otras especies son la garza imperial, el corredor sahariano o los flamencos. Pero no sólo se pueden ver multitud de pájaros oriundos o migrantes, sino también mamíferos como el chacal, el gato salvaje africano, el zorro rojo, antílopes addax y órix y algunas gacelas; también una rica variedad de reptiles, desde el eslizones y salamanquesas hasta tortugas.
El ibis eremita. Foto de Richard Bartz, Wikimedia Commons.
Una garza real en el parque. Foto de MPF, Wikimedia Commons.
Cabras subidas a un argán. Foto de marco arcangeli, W. Commons.
Argán, hoy muy de moda porque de él se extrae el preciado aceite de argán.
Desde el punto de vista del viajero que desea impregnarse de la esencia de los países, visitar el Souss-Massa se traduce en una decisión bastante económica. El área del parque alberga toda clase de paisajes marroquíes. Costas arenosas, campos de cultivo, dunas de arena, acantilados rocosos y también bosques de uno de los árboles típicos del Magreb, el argán, entretejen los ropajes paisajísticos del Souss-Massa. La variedad del panorama, que combina zonas de mayor humedad con otras zonas más áridas difíciles para la vegetación, son el vivo retrato del Marruecos más profundo.
Ciudadela de Tiznit. Foto de Theoliane, Wikimedia Commons.
Famosa foto de la playa de Legzira, en Ifni. Wikimedia Commons.
Vieja calle de Tiznit. Foto de Theoliane, Wikimedia Commons.
Calle colonial de Ifni. Foto de Eigenes Werk, Wikimedia Commons.
Pero el Parque Nacional de Souss-Massa puede no constituir el suficiente atractivo turístico para aquellos que se inclinan más por admirar patrimonios histórico-artísticos. Además de Agadir, los viajeros que cultivan este gusto hallarán satisfactorias las visitas a la ciudad fortificada de Tiznit, que tiene su origen en el último cuarto del siglo XIX, o la interesante ciudad colonial española de Sidi Ifni, en la que se puede disfrutar de una de las playas más peculiares y cautivadoras del mundo: la playa de Legzira.
El pasado 6 de abril inauguramos una nueva «sección» cuya justificación es, simplemente, recuperar diversas series de reportajes aparecidos en 2.0 Viajes con cierto éxito de audiencia. Si en aquella ocasión se reestrenó la colección «Tres vértices de Centroamérica», que trataba sobre Cartagena de Indias, Granada de Nicaragua y Veracruz, esta vez queremos poner de reestreno una de las colecciones de artículos que más ha gustado a nuestros lectores: «Regreso a la Edad Media de la Toscana», que permite apreciar el rico patrimonio histórico-artístico medieval que se conserva en esta famosa región de Italia.
Regreso a la Edad Media de la Toscana
«Regreso a la Edad Media de la Toscana» realiza un recorrido por tres pueblecitos toscanos que conservan prácticamente íntegro un casco antiguo levantado en la Edad Media, tremendamente rico en detalles y exponentes extraordinariamente fieles del estilo arquitectónico medieval italiano. Estas tres pequeñas y encantadoras localidades son San Gimignano, Monteriggioni y Volterra. La fama de esta última, ya de por sí vasta, ha retumbado en los cinco continentes por ser el telón de fondo de la saga de Crepúsculo, en concreto en el título Luna nueva, en la que Volterra aparece como el bastión de los Volturi, los vampiros malvados. A continuación enlazamos los tres reportajes, acompañados de un pequeño extracto:
Pequeño pueblito cuya población no alcanza las 5.000 personas, San Gimignano se encuentra a unos 60 km al suroeste de la gran Florencia. En la Edad Media, los patricios de la ciudad adoptaron como forma de expresar su pujanza y pompa la construcción de esbeltas, aunque poderosas, torres —hay hasta 72 torres. La plaza de la Cisterna, con las torres del Diablo, la via San Giovanni o el palacio Vecchio son tres lugares emblemáticos de la localidad.
Dante Alighieri en el canto XXXI del ‘Infierno’ de su Divina comedia recordaba la ciudadela de Monteriggioni: «De la misma manera que Montereggioni [sic] corona de torres su recinto amurallado»… A unos 15 km de Siena surge de la Toscana el pequeño pueblo de Monteriggioni, que, lejos de perder sus raíces medievales, las revive cada julio con torneos de caballeros, mercados medievales…
A 30 km al suroeste de San Gimignano se encuentra la cinematográfica Volterra. Lugar de suma importancia desde los etruscos y romanos, conserva una gran cantidad de restos romanos, como el teatro. Más compleja que las dos anteriores, Volterra es una ciudad llena de palacios y torres en la que especialmente destaca la fortaleza Medicea, que perteneció a la familia Médici.
En resumen, tres lugares de la Toscana que se salen del circuito turístico habitual y que prometen recuerdos inolvidables por el genuino sabor medieval de sus cascos históricos y por la calidad en la conservación de las estructuras medievales de la ciudad. ¡Larga vida a la Toscana medieval!
Ubicada en las últimas estribaciones de la comarca burgalesa de las Merindades, en la región del Alto Ebro, Frías (al norte de Burgos) siempre ha sido un punto de paso importante sobre el río más caudaloso de España. Precisamente uno de los monumentos más importantes de una localidad que ostenta el título de Conjunto Histórico Artístico por su abundante patrimonio medieval, y a la vez de los más impresionantes por sus dimensiones, es el puente medieval, que parece haber sido de factura romana, aunque reconstruido y apuntalado en diversos momentos de la Edad Media. Ahora que hablamos de ríos y puentes resulta oportuno mencionar que el nombre de «Frías» parece proceder de la expresión «Aguas Fridas», es decir «Aguas Frías», voz que terminaría derivando simplemente en «Frías», el topónimo actual de la ciudad. Y sí, Frías es una ciudad porque, aunque su población no supere hoy los 300 habitantes, el rey Juan II de Castilla le otorgó ese título con la intención de cambiársela al conde de Haro, don Pedro Hernández de Velasco, por la ciudad de Peñafiel cuando alboreaba el segundo tercio del siglo XV. —Curiosa actividad nobiliaria la del tráfico de ciudades…—
Frías vista desde su lado sureste, con el castillo de los Velasco al oeste y la iglesia de San Vicente al este. Foto de Jsanchezes, Wikimedia Commons.
Sin demasiados aspavientos contemporizará el lector con el aserto de que la imagen de un puente simboliza una entrada o un camino que interna al viajero en algún lugar. Por eso comenzaremos esta e-visita a Ciudad de Frías con la ilustración del puente romano y medieval que se encuentra al norte del municipio y que cruza el río Ebro. Parece que sobre él discurría en tiempos de los latinos una calzada romana capital para las rutas comerciales que se habían establecido entre la meseta y la costa Cantábrica. Tan relevante llegó a ser el tráfico comercial por este precioso puente de nueve arcos que, para asegurar los cobros que exigía a los transeúntes el derecho de pontazgo, se erigió en su mitad una torre que data de finales del siglo XIV o principios del XV. Hoy parece una injusticia, pero el derecho de pontazgo, que permitía cobrar un dinero a quienes lo cruzaban, servía sobre todo para reparar los deterioros generados por la intemperie y el tráfico de personas y carretas —una especie de impuesto de circulación. El puente de Frías es uno de los mejores ejemplos españoles de puente fortificado.
Los arcos centrales del puente de Frías son ojivales. Foto de Kadellar, Wikimedia Commons.
El puente de Frías atraviesa el Alto Ebro desde el norte hacia Frías. Foto de Windwhistler, W. Commons.
Hija de la palabra «inexpugnable»
Ciudad de Frías parece congelada en el tiempo, encaramada a un escarpado promontorio, o muela, que le ofrece una posición defensiva inmejorable. La localidad se fortificó al comenzar el siglo XIII con un sólido cinturón de muralla que aún conserva tres puertas por las que se accede al municipio: la puerta de Medina, la más cercana al castillo, la puerta del Postigo, muy cercana a la iglesia de San Vicente, y la puerta de la Cadena, que era el paso principal hacia el recinto. Anterior en el tiempo es el castillo de Frías —en torno al siglo X—, aunque no será hasta el reinado de Alfonso XIII cuando el castillo adquiere un mayor valor estratégico. En el siglo XV, el duque Pedro Fernández de Velasco inicia una serie de obras de mejora que le dan al castillo su aspecto actual sobre el peñón de la muela. La torre del homenaje es el punto más alto de la fortaleza y contribuye decisivamente al aspecto medieval de Frías.
A la izquierda, la torre del homenaje del castillo de Frías. Foto de Windwhistler, W. Commons.
Vista del castillo de Frías desde la iglesia de San Vicente. Foto de Rowanwind-whistler, Wikimedia Commons.
Panorámica que ofrece el castillo de Frías del entorno y la localidad. Foto de Rowanwindwhistler, Wikimedia Commons.
Cuenca no es la única ciudad que tiene casas colgadas, aunque sí es la única en la que se llaman «casas colgantes». En Frías también las fachadas de muchas casas se alzan sobre la pared escarpada de la muela en la que se asienta el municipio, pero se les conoce como «casas colgadas». Muchas tienen más de tres plantas y conforman una vista espectacular y curiosa, inexpugnable, sobre todo al acceder a Frías desde su lado sur. Estas casas forman uno de los lados de la calle que conduce hasta el castillo de Frías.
Las casas colgadas, en el lado sur. Foto de Rowanwind- whistler, Wikimedia Commons.
Al corazón de la Edad Media. Foto de Rowanwindwhistler, Wikimedia Commons.
Congelada en la Edad Media. Foto de Rowanwindwhistler, Wikimedia Commons.
Iglesias y celebraciones
Como no podía ser de otra forma en una ciudad que surgió en la Edad Media y que, como disecada, su epidermis y aspecto conservan la imagen original, los edificios religiosos tienen un lugar destacado. Sin duda el templo de mayor protagonismo en Frías es la iglesia de San Vicente Mártir, ubicada en el extremo opuesto al castillo, justo sobre el cortado de la muela. Hay que buscar el origen de esta iglesia en el románico, aunque el estilo más destacado es el Barroco, que sobresale sobre todo en el retablo de las Tentaciones, uno de los tres que alberga. La iglesia de San Vítores es otro de los monumentos religiosos más señalados —está al pie del promontorio—, aunque también son destacables el convento de San Francisco (siglo XVI) y el convento de Santa María de Vadillo (siglo XIII). En los alrededores podemos encontrar también una antigua iglesia románica.
Iglesia de San Vicente. Foto de Txo, Wikimedia Commons.
Iglesia de San Vítores. Foto de Windwhistler, Wikimedia Commons.
Los próximos meses, ya más cercanos al verano, son muy propicios para visitar la localidad, ya que se celebran varias fiestas: la Cruz de Mayo, a mediados de mayo, la fiesta del Capitán —en conmemoración del alzamiento contra el poder feudal—, el 24 de junio, y la fiesta del Santo Cristo, en septiembre.
El lector puede obtener más información sobre Ciudad de Frías y sus posibilidades turísticas y gastronómicas en la página del ayuntamiento http://www.ciudaddefrias.es/.
En la costa norte de la isla de Chipre, en el territorio conocido como República Turca del Norte de Chipre, se erige un antiguo asentamiento que parece haber sido poblado desde tiempos remotísimos, al menos desde el año 4.000 a.C. —en pleno Neolítico. El nombre de la ciudad, Kyrenia, no admite engaños sobre la fundación griega del casco antiguo: parece sensato afirmar que la pequeña bahía del puerto fue colonizada por personas originarias del Peloponeso hacia el segundo milenio a.C. Los primeros registros escritos sobre la existencia de Kyrenia hay que buscarlos en documentos egipcios de la época de Ramsés III datados en el último cuarto del siglo XII a.C.
Las montañas protegen la espalda de Kyrenia. Foto de Hilmi Ayhan, Wikimedia Commons.
El antiguo puerto de Kyrenia tiene forma cóncava. Foto de Ozanhus, Wikimedia Commons.
Detrás de las casas del puerto, la característica torre de Kyrenia. Foto de dolanh, Wikimedia Commons.
Dicen los expertos en Historia que una de las principales razones por las que esta ciudad ha sido capaz de sobrevivir a 6.000 años de avatares es la estratégica posición de que goza para mantener duraderos intercambios comerciales con las costas de Asia Menor y el Egeo. No en vano, en el Museo de Pecios de Kyrenia, que se encuentra en el interior del fabuloso castillo de Kyrenia, se conserva un pecio de un barco mercante griego de la época helenística. En esta localidad mediterránea que hoy por hoy alberga del orden de 60.000 habitantes, la mayoría colonos de origen turco, fue antaño muy trascendental el citado castillo de Kyrenia, una fortaleza realmente magnífica que conserva esa imponente planta que siglos atrás arredró a los numerosos enemigos de los kyrenios.
La traza del castillo de Kyrenia resulta imponente: compárese con el hombre de la esquina izquierda. Foto de Acad Ronin, Wikimedia Commons.
Se accede al Museo Arqueológico de Kyrenia a través del enorme patio del castillo. Foto de Xenophon, Wikimedia Commons.
Se entraba al viejo puerto a través de un estrecho canal de agua protegido por el castillo. Foto de Dickelbers, Wikimedia Commons.
La posición del castillo permitía detectar las flotas enemigas desde muchos kilómetros de distancia. Foto de Xenophon, Wikimedia Commons.
Levantado originalmente por los bizantinos sobre un antiguo cuartel romano, el castillo de Kyrenia fue más adelante intensamente remodelado por los ingenieros venecianos. Su primera preocupación era la de presentar una mejor defensa frente a las nuevas armas de pólvora de gran calibre y para optaron por derruir las antiguas torres del complejo para levantar hacia 1540 los bastiones de planta circular que se pueden ver hoy en día. Todos los dominadores de la isla se han beneficiado de los sólidos muros de este castillo y no han sido pocos. Se sucedieron en la dominación los griegos, los romanos, los bizantinos, los árabes, los cruzados*, los venecianos, los turcos, los británicos y de nuevo los griegos en el siglo XX, que mantienen un contencioso con Turquía por el dominio de la isla. Nicosia, la capital de Chipre, es la única ciudad del mundo dividida por un muro, que separa a los turcos, al norte, de los griegos, al sur.
Foto del pecio de la época helenística hallado a la entrada del puerto. Foto de Xenophon, Wikimedia Commons.
Reconstrucción del hombre neolítico de Kyrenia. Foto de Xenophon, Wikimedia Commons.
Otra reconstrucción del Museo Arqueológico de Kyrenia. Foto de Xenophon, Wikimedia Commons.
El castillo de Kyrenia tenía la finalidad de proteger el puerto de los posibles asaltantes de una ciudad tan próspera como esta. El antiguo puerto de Kyrenia aún conserva todo el sabor del viejo Mediterráneo, con casas apretadas entre sí que se distribuyen paralelas al puerto. Además del paseo por el puerto, el viajero que se adentre por las calles y callejuelas de Kyrenia deberá visitar el Museo de Frescos que se ha instalado en la iglesia del Arcángel Miguel —iglesia de Arkhangelos, en griego—. Ineludibles son también el mercado municipal, el llamado «bandabulya», y su hormigueante trasiego de personas, el cementerio turco de Baldoken y la iglesia anglicana de San Andrés.
Los detalles góticos de la abadía aún son evidentes en muchos puntos. Foto de Wolfgang Sauber, W. Commons.
Parte de la galería del claustro de Bellapais. Foto de Jorge-11 (Flickr), Wikimedia Commons.
Claustro de la abadía de Bellpais. Foto de Jorge-11 (Flickr), Wikimedia Commons.
También en los alrededores de Kyrenia hay puntos de interés muy destacados, como por ejemplo la pequeña localidad de Bellapais, que alberga las ruinas de la abadía de Bellapais, que fue erigida a finales del siglo XII y principios del XIII, que es de estilo gótico y que aún conserva buena parte de la estructura; así como la iglesia ortodoxa de María Madre Vestida de Blanco. Por otro lado, también hay en la región diversos castillos medievales que poseen un relativo buen estado de conservación: son el castillo de Buffavento, el castillo de San Hilario y el castillo de Kantara, que erigieron los bizantinos en varios de los inaccesibles riscos de la región.
Vistas desde el castillo de Buffavento. Foto de Franco Pecchio (Flickr), Wikimedia Commons.
Foto del castillo de Kantara, encaramado a un risco de las montañas de Kyrenia. Foto de Wikimedia Commons.
Vistas de Kyrenia desde el castillo de San Hilario (Saint Hilarion). Foto de Chneophytou, Wikimedia Commons.
Pero la inabarcable Kyrenia —en alemán y en turco, por cierto, se la conoce como Girne— no se «reduce» a esta gigantesca cantidad de opciones. Ofrece también una serie de playas para despegarse el calor de los secos y largos veranos chipriotas. Escape, Ice, Kervansaray y Denizkızı son varias de ellas, aunque para disfrutar de ellas hay que pagar una pequeña cantidad de dinero. Otra de las opciones turísticas que ofrece la visita a esta poco conocida ciudad del Mediterráneo es el avistamiento de tortugas marinas y los tours en barca desde Kyrenia hasta diversos puntos de la costa de Asia Menor, como Alanya, que también ofrece patrimonio y distracción a sus visitantes.
* Ricardo Corazón de León arrebataría a los bizantinos la isla de Chipre, tras haberla estos recuperado a los árabes, para proclamarse su rey. Más tarde, el propio Ricardo se la vendería a los hospitalarios de San Juan y estos, luego de unas sangrientas rebeliones internas, a la casa de Guy de Lusignan, que serían reyes de Chipre durante más de tres siglos.
En los convulsos inicios del actual estado de Vietnam, allá por el siglo X, las primeras dinastías vietnamitas surgieron en un extraño lugar a 90 km al sur de la actual ciudad de Hanói: Hoa Lu. La orografía de la región de Hoa Lu, que combina los llanos propicios para cultivar el arroz y las desperdigadas colinas de caliza prácticamente cortadas a pico sobre el llano, beneficiaba la posición defensiva de los habitantes de la ciudad de Hoa Lu. La antigua ciudad estaba rodeada de muros de arena apuntalados por empalizadas de madera cuyos trazos iban uniendo los inaccesibles promontorios de roca caliza de este verde valle vietnamita.
La primera dinastía del actual estado de Vietnam fue la dinastía Dinh, que fundara el señor de la guerra local Đinh Bộ Lĩnh hacia el año 968. La segunda dinastía que apareció en estas tierras fue la dinastía Le, cuyo fundador fue Le Dai Hanh. En el año 1010, el pionero de otra dinastía —la Lý—, Lý Công Uan, decidió trasladar la capital del reino desde Hoa Lu hasta Hanói, una decisión que el tiempo ha terminado por juzgar más acertada que la de los creadores de las otras dinastías. Todavía se percibe la doble división de la antigua capital de Vietnam en dos zonas: la ciudadela interna —que ya no existe como tal— y la ciudadela externa, que es donde se concentra el mayor número de templos, palacios y santuarios de la ciudad. Los fundadores de las dos dinastías se encuentran sepultados en la cercana montaña de Mã Yên: Đinh Bộ Lĩnh en la cima; Le Dai Hanh, al pie.
Puerta de acceso fluvial a Hoa Lu desde la que se aprecia la orografía del valle. Foto de vi:Thành viên:Kien1980v, W.C.
Decenas de monumentos históricos proliferan en la antigua capital vietnamita. Uno de los más importantes es el templo de Dinh Tien Hoang, edificado por los antiguos habitantes de Hoa Lu en honor del primer emperador de Vietnam, Dinh Bo Linh, cuyos restos allí yacen. A dos centenares de metros de este último se encuentra el templo de Le Dai Hanh, a cuya espalda se halla el monte Den, y que representa un interesante ejemplo de la arquitectura y el arte del siglo X en Vietnam: se compone de cinco cámaras en las que hay una estatua del emperador Le Hoan —llamado a su muerte Le Dai Hanh— y de su esposa Duong Van Nga. Este mismo emperador ordenó edificar en Hoa Lu una curiosa pagoda llamada Nhat Tru, que contiene una importante cantidad de objetos sagrados de los siglos X y XI.
Uno de los promontorios de piedra caliza del valle de Hoa Lu. Foto de DoktorMax, Wikimedia Commons.
Una de las principales entradas a la antigua capital de Vietnam, Hoa Lu. Foto de Kien1980v, Wikimedia Commons.
Entrada a la pagoda de Nhat Tru. Foto de Kien1980v, Nhat Tru Pagoda.
Entrada a la cueva de Thien Ton Cave. Foto de Kien1980v, Wikimedia Commons.
Pero quizá el lugar sagrado más curioso de Hoa Lu sea la cueva de Thien Ton, que está compuesta por dos cámaras, una dedicada al culto budista —la más externa— y otra dedicada al culto daoísta vietnamita para los seres inmortales —más estrecha y profunda. En la zona budista existen varias estatuas doradas del Buda y una serie de columnas en las que hay talladas dragones, que era el símbolo dominante de la dinastía Le. El complejo está completamente rodeado de árboles frutales , lo cual contribuye a imaginar el momento en el que el emperador Dinh Bo Linh se internó en la cueva para escuchar el oráculo sobre su destino en medio de la feroz guerra que estaba librando otra una docena de señores de la guerra y que le daba como vencedor del conflicto. Otros sitios importantes de Hoa Lu son el templo de Noi Lam y la pagoda de Ban Long.
Entre los promontorios, el templo de Le Dai Hanh. Foto de Nguyễn Thanh Quang, Wikiemdia Commons.
El lago de la Media Luna, en el templo del rey Ding TienHoang. Foto de Jean-Pierre Dalbéra, W. Commons.
Festival anual de Hoa Lu, procesión a la entrada del santuario de Dinh Tien Hoang. Foto de Kien1980v, W.C.
Ofrendas durante el festival en el templo de Dinh Tien Hoang. Foto de Kien1980v, Wikimedia Commons.
El tercer mes lunar de cada año se celebra en Hoa Lu un festival en el que se realiza una procesión junto al río Hoang Long para dirigirse a los templos de los dos reyes: Dinh Tien Hoang —dedicado a Dinh Bo Linh— y al de Le Dai Hanh —dedicado a Le Hoan. Además de las ceremonias tradicionales vietnamitas, este festival incluye una serie de juegos típicos y verbenas. Colorido y tradicional, el Festival Anual de Hoa Lu es la guinda a una visita esencialmente exótica y extraña a los ojos occidentales.
Hoy en día Hoa Lu es uno de los destinos turísticos más visitados de Vietnam y, en concreto, de la provincia de Ninh Binh Otros lugares de gran simbolismo histórico y religioso para los vietnamitas en esta misma provincia son la catedral de Phat Diem —una iglesia cristiana construida a la manera de los viejos templos vietnamitas—, la ruta fluvial de Tam Coc y Bich Dong —que discurre entre arrozales y promontorios calizos que a veces tienen cuevas fruto de la erosión del agua—, el complejo religioso de Bai Dinh, las grutas de Trang An y el Parque Natural de Cuc Phuong.
El único lugar que es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en Botsuana es el solitario parajedeTsodilo, que se encuentra en el la parte botsuana del desierto del Kalahari y al oeste del famoso delta del Okavango. Este lugar está compuesto por cuatro colinas de piedra que se levantan en medio del desierto: tres de ellas tienen los nombres de «Macho» —1.400 msnm—, «Hembra» y «Niño»; la cuarta, más pequeña, tiene nombre de «nieto». Este lugar ha sido un lugar de especial trascendencia para los bosquimanos y los hambukushu, que lo habitaron desde hace milenios: siempre lo han tenido por un importante lugar sagrado para su cultura, como denotan los topónimos bosquimanos de Tsodilo: «Montañas de los dioses» y «Rocas que susurran».
Uno de los promontorios rocosos de Tsodilo. Foto de Joachim Huber (Flickr), Wikimedia Commons.
La colina conocida como «Padre», cortada a pico. Foto de Joachim Huber (Flickr), Wikimedia Commons.
Las tribus que habitan estos lugares siempre han considerado Tsodilo como un lugar sagrado y digno de veneración no sólo por el simbolismo propio de las culturas animistas, sino también porque se considera que Tsodilo es el lugar donde habitan los ancestros. Esta percepción de sacralidad es muy antigua entre los habitantes de la región y por ello a lo lago de los siglos se han realizado cultos y representaciones pictóricas en las piedras que tienen que ver con ancestrales ritos propiciatorios. Se calcula que este lugar fue usado como refugio por sus cuevas desde hace unos 100.000 años.
Pinturas de animales salvajes. Foto de Joachim Huber, Wikimedia Commons.
Foto de Joachim Huber (Flickr). Wikimedia Commons
Foto de Joachim Huber (Flickr), Wikimedia Commons.
Foto de Joachim Huber, Wikimedia Commons.
En Tsodilo hay más de 4.500 pinturas rupestres, algunas con más de 20.000 años de antigüedad y representan toda clase de animales, desde especies salvajes —leones, rinocerontes, antílopes, ñúes…— hasta animales domésticos y también seres humanos. El valor histórico-artístico de estas pinturas, así como su carácter excepcional en esta región del mundo ha llevado a arqueólogos y visitantes a denominar Tsodilo con el ambicioso y simpático apelativo de «Louvre del desierto».
La Unesco denominó Tsodilo Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 2001 por el valor histórico-artístico del mismo, puesto que ha sido habitado por el ser humano desde hace milenios y porque estos afloramientos rocosos han tenido a lo largo de generaciones un valor simbólico y significado religioso. El lector puede encontrar más información sobre Botsuana en la Guía de viajes Mundicolor: Botsuana.